“Una novia errante” (2007) Ana Katz

Dirección: Ana Katz

Guión: Inés Bortagaray y Ana Katz

Producción: Cecilia Felgueras

Asistente de Dirección: Adriana Vior

Fotografía: Lucio Bonelli

Cámara: Lucio Bonelli

Dirección de arte: Mariela Rípodas

Música: Nicolás Villamil

Intérpretes:

Inés (Ana Katz)

Germán (Carlos Pontaluppi)

Miguel, novio (Daniel Hendler)

Andrea (Erica Rivas)

Padre (Arturo Goetz)

Tati (Violeta Urtizberea)

Pablo (Nicolás Tacconi)

Encargado del locutorio (Marcos Montes)

Lorena (Catherine Biquard)

Premios

Festival de San Sebastián. Premio a trabajo en progreso

Festival Latinoamericano de Lima. Premio a Mejor Actriz

Premio a Mejor Film

Festival de Cine de Havana. Premio FIPRESCI

Me dijiste que era una tortura.
– Vos me dijiste muchas cosas
Yo no te dije nada como que eras una tortura
– Me llamaste egoísta, cobarde, inconsistente
Mira la frialdad con la que me hablas. ¿Te das cuenta?

Un viaje, tanto exterior como interior.

Empezamos con lo mejor: Inés (Ana Katz) y su novio (Daniel Hendler) viajan en micro. Es de noche. Discuten. Vemos en una magnífica escena a una pareja desgastada que lo único que hace es dar vuelta sobre los mismos tópicos, que hablan mutuamente pero no se comunican. Ella, ya rozando con la patético (lo hace durante todo el film), ni se imagina lo que está por suceder. El novio, fastidiado, mira a otra mujer que viaja sentada unos asientos más adelante; Inés no dice nada, no quiere ser pesada.

Cuando amanece y se acercan a la parada donde se encuentra Mar de las Pampas, Inés baja del micro confiando ciegamente que su novio va ir detrás de ella. Pero no. Él amaga a bajar y la abandona sin mirar, la traiciona, escapa. Inés no tiene con quien discutir.

De aquí en más la directora y guionista va a enfrentar a su personaje (representado por ella) consigo misma. Inés no tiene más remedio que cruzar un bosque y seguir como si nada hubiese sucedido; al llegar a la posada donde tenía una reserva para dos le dice a la recepcionista todos los datos de su pareja (cuándo veremos que un hombre se sabe el documento de su mujer) y expresa que él va a llegar en cualquier momento. Pero no.

Ana Katz desborda comicidad en todo momento. Las situaciones aparecen como normales, pero se entreve una gran carga emocional de angustia. El espectador espera que la protagonista reviente, rompa todo y quede encerrada en un neuropsiquiátrico.

Dejando de lado la nueva tecnología de los celulares que permiten un contactarse permanente con el otro, la directora elige enfrentar a su personaje a los teléfonos fijos. Los mismos son un claro obstáculo en la resolución de esta situación ya que las primeras (varias) llamadas Inés no logra localizar a su novio. A cambio de esta molestia, ella le llena la casilla de mensajes. Lo patético se encuentra a flor de piel.

Para olvidar sus penas y pasar un rato agradable, Inés es invitada a una fiesta que organizaban los locales en el medio del bosque. Exceso de alcohol más rabia más despecho más estar sola representan una ecuación mortal para toda mujer (¿o no?). Entre copas Inés intenta seducir al empleado de la posada donde ella está parando pero no sólo es rechazada sino que al sentirse en soledad vuelve a intentar contactar a su novio(o ya ex)

Yendo y viniendo del ciber para hablar por teléfono Inés se encuentra al borde de la desesperación. Cuando tiene el primer contacto con su novio esté se muestra superado y sin ninguna voluntad de intentar seguir con la relación. A lo gata flora, ella acepta su decisión, luego no, le pide que vuelvan, luego le dice que no se vean más, etc.

Desconcertada, Inés se topa con Germán (Carlos Portaluppi), un exiliado como casi todos en esta localidad. Él la invita a conocer el lugar que lo ayudó a superar los conflictos de su vida, lugar que lo enamoró y le brindo abrigo para empezar de nuevo. Paseando por el bosque, Inés se descompone y le agarra cagadera. De nuevo patética. Germán y los empleados de la posada la acompañan como sus nuevos amigos; ella, que lee “El Extranjero” de Camus, parece haber encontrado todo aquello que necesitaba. Sin embargo, está búsqueda interna está en sus primeros escalones y la escalera aparece como infinita.

Su nuevo “amigo” se convierte en el galán que ella siempre quiso. Él la invita a cabalgar al amanecer por la playa en una escena que brota de romanticismo. Pero Inés escapa de esta situación, varias veces, y Germán empieza a mostrar sus verdaderas intenciones; aquí aparece la paradoja del deseo.

Cuando al fin Inés decide que debe seguir adelante y volver a su casa para afrontar su nueva vida, su padre y hermana aparecen en Mar de las Pampas para brindarle ese apoyo incondicional que nos dan los que verdaderamente aman.

Allí, en este paraje inhóspito a la orilla del mar, ella aprende la fragilidad del amor.

Podemos decir que esté film se enmarca dentro de lo que llamamos cine de autor. Ana Katz dirige, produce, escribe y actúa en esta pieza de extrema sensibilidad y prolijidad a nivel técnico. Nunca es de fallar una obra en la cuál los que participan en ella creen y sienten pasión verdadera por su trabajo.

Marianela Mennelli

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~ por kaymm en 30 septiembre 2008.

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